El Gîta puede leerse como una historia humana, el relato de acontecimientos que se desarrollan en un campo de batalla, y de la evolución de dichos acontecimientos y cómo afectan a las naciones y a las razas, de modo que tenemos una historia de mundos que se desmoronan.
Pero también podemos leerlo para nuestra propia ayuda, aliento e iluminación, como una alegoría del desarrollo del Espíritu dentro de nosotros.
El Gîta como historia es la gran revelación que descorre el velo que cubre el esquema real que la historia elabora en el plano físico. Pero hay que buscar el significado del Gîta en lo que se refiere al desarrollo individual del Espíritu, y así veremos qué nos enseña, qué significa para nuestra iluminación individual. Así como en la historia hay verdad, también la hay en la alegoría.
La lección de la alegoría es el significado individual. Conflicto evidente entre el manas inferior, la mente que está en proceso de evolución, simbolizada por Arjuna, y Kama, la naturaleza emocional, pasional, simbolizada por los parientes encabezados por Duryodhana, que representan todos los lazos del pasado.
Ahí está Arjuna como el manas inferior no iluminado, lleno de dudas, tembloroso, inseguro, moviéndose de un lado a otro, haciendo preguntas. Siempre está preguntando y cuando se le contesta no entiende la pregunta. Siempre está perplejo sobre qué es lo mejor. Oscila de un lado a otro; este argumento es bueno, pero el otro también es admirable. Siempre vacilando, hacia atrás y hacia adelante, primero a un lado, luego a otro. Ahí tenemos el tipo del Manas no iluminado. Y a esa mente le habla el Instructor con palabras de sabiduría : “Ni este mundo, ni otro más allá, ni felicidad hay para el que duda.”
El que está siempre dudando y no puede definir su mente, el que en el momento en que una cuestión queda decidida ve todos los argumentos del otro lado y quiere volver a repasarlo todo, no hace ningún progreso. Está exagerando la virtud de la cautela y la prudencia. Y la exageración de una virtud se convierte en un vicio. Mejor es actuar y equivocarse, y así aprender a hacerlo mejor en el futuro, que estar siempre vacilando y negándose a actuar.
Las etapas por las que tiene que pasar Arjuna, podemos reconocerlas en nuestra propia experiencia. Primero, en su juventud en la Corte, está sujeto a sus parientes mayores. Es una sujeción prudente y necesaria, porque sólo así puede la mente ser inducida a superar la inercia, a ejercitarse y desarrollar sus poderes. Lo mismo ocurre con la humanidad en sus primeros siglos de evolución.
Bajo la tutela de sus mayores, y siguiendo sin vacilar los impulsos naturales hacia los placeres, la mente prosigue su curso sin mucho pensar ni vacilar o dudar; no lucha. Pero luego viene la hora de luchar, en las etapas intermedias, cuando ve que la gratificación de esos impulsos no la satisface, sino que le trae miseria mezclada con placer; ve que los desengaños y frustraciones van pegados a los talones de los deseos cumplidos. Y empieza a sentir anhelo de comprender.
Luego se agudiza la lucha, viene la hora de pelear, de sufrir, de dudar. La mente se encuentra confundida respecto al dharma y a qué camino es mejor. Clama por ayuda al instructor, y su respuesta la aturde más, porque no está lista aún para ver la verdad, sino confundida por todas las atracciones a su alrededor, por las que su corazón se siente atraído. La verdad parece seca, dura, repelente; seguirla le parece que es matar todos los goces de la vida, incluso la vida misma.
Después viene la visión de lo Supremo, de aquello que es lo único que apaga el gusto por los placeres de los objetos. Sólo cuando se ve lo Supremo, cuando la vida más plena ahoga la inferior, se acaba la atracción de la vida sensorial (II,59). Y entonces Manas se levanta triunfante, iluminado por la luz del Ser, clara, radiante, precisa; queda destruída la ilusión; el guerrero ha conquistado a sus enemigos.
Tal es en verdad la senda del alma guerrera, la senda por la que debe avanzar. Amigos en ambos lados, pues cuando el alma emprende la batalla que ha de traerle victoria, iluminación, unión con lo Supremo, jamás se encuentra de un solo lado a todos los amigos con quienes se ha vinculado en el pasado, sino que están de ambos lados, peleando entre sí. Deberes, reclamos y obligaciones en conflicto, presionan desde ambos lados; no es suficiente querer obrar bien; es fácil obrar cuando uno sabe, pero es difícil ver el camino entre el estrépito y el polvo de la batalla, y tener suficiente agudeza de visión para perforar las nubes y ver por donde va la senda del deber.
Amigos de ambos lados ... ¿cómo renunciar a ellos? Más que amigos, el alma luchadora encontrará entre sus oponentes instructores, aquellos de quienes en el pasado esperó ayuda, que ayudan, guían y enseñan. Todos están ahora en contra de él; sus mayores, sus amigos y parientes. Y también sus menores, los jóvenes que lo critican, que ignorantemente lo condenan y desprecian. El alma luchadora tiene que erguirse sola en el espacio vacío que separa los dos ejércitos.
Y sin embargo, Arjuna no está solo del todo, pues el Instructor está a su lado; el divino Auriga, el Ser que espera ser conocido. Debe lanzarse solo a la batalla, ha de librar solo la batalla hasta su amargo final, con su fuerte diestra, su voluntad inflexible, su valor inquebrantable. Se siente terriblemente solitario. Pero en ese aislamiento es donde debe encontrar el Ser.
Allí, en medio de la lucha, cuando se siente solo, cuando todos están en su contra, la gloria del Ser brilla sobre él, y sabe con seguridad que no está solo. A pesar de las heridas, de la sangre que le ciega, a pesar de su abollada armadura y sus ropas desgarradas y sus armas rotas, el alma luchadora ha resistido impávida hasta el final. Ignoraba que el escudo de su Instructor había estado protegiéndolo en los momentos de peor peligro; no sabía que cuando venía hacia él el único proyectil que ninguna fuerza humana podía resistir, su Instructor lo desviaba hacia su propio pecho y quedaba transformado en una guirnalda en su cuello. No sabía nada acerca del broquel invisible que había apartado el torrente ígneo que sólo el Señor podría resistir; no sabía ni pensaba ni soñaba, que el Guerrero Real, disfrazado de Auriga, estaba protegiéndolo siempre.
Pues si hubiera sabido esto durante la lucha, ¿cómo habría aprendido a confiar en su propio ser íntimo? El yo externo debe desaparecer antes de que se presente el Ser interno.
Esa es la experiencia de toda alma luchadora, por la que cada uno de nosotros ha de pasar cuando recorre la senda que conduce a lo Supremo. Solamente en esa desolación puede Arjuna o cualquier otro encontrar el Ser.
No temamos, entonces, los que aspiramos a ser guerreros, cuando los amigos nos condenen y abandonen. No temamos ni siquiera cuando los mayores nos censuren y los menores nos desprecien; cuando todos por igual se burlen. Seguros, impertérritos, constantes sin cesar, pues el Ser está dentro de nosotros.
Podremos cometer muchos errores, pues ello es propio de los cuerpos que el Ser ha tomado. Pero recordemos que esos errores son de los cuerpos, no del Espíritu. Y que soportando el sufrimiento que traen estos errores, la tosca materia se calcina y el Ser puede manifestarse más.
Sigamos luchando, llenos de coraje, con corazón valiente y firme. Y al final de nuestra batalla en Kurukshetra, aparecerá también ante nosotros el Ser, en toda Su majestad. Nuestra ilusión también quedará destruída y veremos a nuestro propio Ser tal como es.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Fragmento de la conferencia titulada "La Gran Revelación" dada por A. Besant en la Sociedad Teosófica en Adyar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario